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Por más trabajo que cueste
No hablar mas de esta peste

Por más que se sienta
Tamaña la pena
De tener que llevar
Dicha cuarentena

Con historias de muertos y enamorados
De reyes, principes y ahogados
Propongo un escape en mí hablar
En esta nueva edición del Juglar

El año que fue domingo

Todas las calles estaban vacías. No había ningún pibe jugando en la plaza a la tarde, ni había pibes tomando y fumando porro a la noche. Todo estaba raro. Como el 25 de diciembre a las doce del mediodía, cuando nadie tiene ningún tipo de obligación que lo fuerce a salir de sus casas, o simplemente hace demasiado calor para moverse del aire acondicionado. No había nadie, ni un alma en la calle. Los negocios estaban cerrados o en horarios reducidos, el transporte público había disminuido su frecuencia. Si alguno salía se lo veía enseguida volver a entrar. Las avenidas principales eran silencio, pajaritos, pasto crecido. Bien podía ser martes, viernes o domingo, nadie sabía bien porque el tiempo daba la sensación de estar parado, inmóvil. La gente estaba adentro, guardada. 

Benditos los que quedaron guardados con una o dos personas mas y podían conversar. O con patio, benditos los que quedaron guardados con patio. Porque afuera no había nadie, nadie salía, nadie visitaba a nadie. Adentro nadie abrazaba, nadie le daba la mano al otro. Adentro la frialdad se había apoderado. Había tiempo de sobra, porque el tiempo parecía estar detenido. Había tiempo para pensar, para reflexionar, para aburrirse. Había tiempo para leer, para restaurar un mueble, para aprender una nueva receta. Sin noción del tiempo, todo era domingo.

Un día todo el mundo decidió guardarse. Desde entonces a nadie se le ocurrió volver a salir. Todos dejaron las cosas que tenían que hacer y se quedaron adentro. Quien podía, hacía sus cosas desde casa, quien no, ya no las hacía. El mundo paró. Todo pasó así, de repente, sin explicaciones.

Al cabo de un año, exactamente un año, y como si fuera un lunes después de un domingo eterno. Todo el mundo hizo su vida normal, salió, fue al trabajo, hizo las compras. Otra vez de repente, sin explicaciones. Todo era como antes, ruido, embotellamientos, bocinas, peleas en la calle, protestas y manifestaciones. La gente se volvió a abrazar como nunca desde el primer día de ese año que fue domingo.

Un té y un café

Ella trabajaba en una librería. Él trabajaba de escritor, por ende, no trabajaba. O si, pero no ganaba plata. Por suerte no vivía de eso, hacía changas. No tenía un mango pero le gustaba ir a escribir a cafés, su ritual burgués.

Así se vieron por única vez, en un café. Ella leyendo a Hermann Hesse y tomando té, el café no era lo suyo. Él queriendo imitar de una manera muy pobre el estilo de Salinger y tomando café negro. Esas personas que creen en los signos hubiesen pensado que era el destino, o los signos, o algo de eso. A ella le encantaba leer, a él escribir. Él sentado en los sillones y ella en una mesita. La miró un rato, le gustó, pensó que le hubiese gustado que ella mirara también y poder tirarle una sonrisa, bajó la cabeza y se volvió a meter en la hoja en blanco. Ella lo miró, se preguntó qué estaría escribiendo tan concentrado, pensó que si la miraba le iba a tirar una sonrisa, bajó la cabeza y volvió a su libro.

Él trataba de vencer la hoja en blanco tirando frases, inicios de cuentos. Ciencia ficción, drama, terror. Todos malos. No le salía nada. La miró de nuevo, le gustaba verla leer, era interesante y atractiva. Pensó que podía escribirle, pero era malo para la poesía. Bajó la vista y volvió a la pantalla.

Ella leyó cinco veces el mismo párrafo, no podía pasar de página, estaba distraída, pensando en algo. Lo miró, seguía concentrado en la pantalla, tecleando, le resultaba intrigante, atractivo. Fantaseó con que le escribía a ella, un poema, una novela en donde era la protagonista. El novelista que tenía por musa a la librera, como si fuese una película de temporada de San Valentín. No corría la vista de lo que estaba escribiendo. Bajó la mirada y volvió a leer el párrafo.

Seguía escribiendo frases sueltas sin ningún sentido. Escribía y borraba, escribía y borraba. Otra vez la miró, buscó inspiración, la observó con detenimiento. Pelo corto a la altura de los hombros, anteojos grandes, una camisa con flores. Le gustaba su estilo, le resultaba muy, muy, atractiva. Le habían surgido ganas de hablarle, de preguntarle sobre el libro que leía, pero le pareció que tal vez quedaría raro. Fantaseó que leía un libro suyo, un libro firmado y dedicado a ella, que no tenía nombre. Pero el tampoco tenía libros propios. Bajó la mirada y volvió su escrito.

Una vez mas levantó la vista y pensó qué haría si la miraba o si venía a hablarle. Le agradaba la idea, pero también le pareció que sería un poco raro. Terminó el capítulo y cerró el libro. Terminó su té y pidió la cuenta. Pagó, guardó el libro y se levantó.

Él la miró por última vez yéndose del café. Ella pasó por al lado y también lo miró. Por primera vez cruzaron las miradas. Se sonrieron. El tintinear de llamador de viento sonó cuando abrió la puerta. Salió y él la vio irse.

Unas palabritas

Hola amiguite que lee,

Espero que la cuarentena te esté tratando bien.

Primero quiero agradecerte por suscribirte, nunca son suficientes "gracias" para agradecer que estés acá bancando este proyecto que es parte de mi proceso de aprendizaje y crecimiento en esto que es lo que me apasiona.

Además quiero contarte que estrené página web. Me digné a terminarla de una vez y creo que quedó bastante linda para que chusmee quien guste conocerme un poco más, contactarme o ver mis laburos. Pronto iré subiendo cada edición de El Juglar.

Por último quiero agradecer el feedback que me dio mucha gente el 29 pasado. Estoy muy feliz por la recepción que tuvo todo esto, que es nuevísimo para mí. Agradezco  y me sirven muchísimo todas sus respuestas, tanto al mail en sí, como en todas las redes. Gracias infinitas.

¡Nos vemos el mes que viene!

PD: Si te gustó y conocés a alguien que le guste leer, amaría que compartas este proyecto ❤
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