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El fallecido

— ¿Estoy muerto?  — preguntó.

— ¿Qué le parece a usted?  — contestó con una sonrisa.

— Lo imaginaba algo… distinto.

— ¿Cómo?  — preguntó y soltó una carcajada.

— Bueno, para empezar imaginaba que morirse era algo mas horrible — comenzó y se sorprendió con la tranquilidad con la que hablaba de su propia muerte  — . Y esperaba que me reciba un esqueleto vestido con una túnica y una guadaña en la mano  — dijo y automáticamente se dio cuenta que sonaba muy tonto — . Pero al menos esperaba que fuese una mujer. Ya sabe “La Muerte”  — finalizó con timidez.

— Bueno, lamento decepcionarte  — seguía con la misma sonrisa y contestaba con una calma digna de un monje budista.

El fallecido hizo una larga pausa para pensar, tenía muchas preguntas para hacer, pero no podía ordenar sus ideas. Se sentía extrañamente cómodo, no sentía dolor o algo parecido, y había perdido la noción del tiempo.

— ¿Usted es la Muerte?  — cada vez que no preguntaba algo, el otro sujeto se quedaba callado, como si su única tarea en ese lugar fuese contestar las preguntas del fallecido.

— Puede llamarme como quiera  — dijo manteniendo la sonrisa.

— ¿Y ahora qué? ¿Voy a ver pasar toda mi vida?

— ¿Acaso no vivió ya su vida? ¿Por qué haríamos eso?

— Es que… No entiendo, ¿dónde estoy? ¿Es el Infierno? ¿El Purgatorio? ¿El Paraíso?

— Eso no existe — dijo y soltó una carcajada  — . Es gracioso como las personas creen dominar el saber de lo que hay después de morir, pero nadie que esté vivo estuvo aquí antes.

Se quedaron en silencio un buen rato. El fallecido miraba a la Muerte mientras intentaba entender que estaba pasando. Nada de lo que había escuchado sobre la vida después de la muerte encajaba con lo que estaba sucediendo en ese momento. 

No se había fijado hasta entonces en su aspecto, la Muerte era un hombre joven, aparentaba de unos 35 años, tenía la cara afeitada y los ojos negros, negrísimos. Miraba al fallecido con una expresión amable y daba la impresión que esperaba mas preguntas. 

— ¿Cómo fue? Mi muerte, ¿cómo fue?

— Un accidente aéreo. Siete personas murieron.

No le gustó nada la respuesta, pero no se sentía triste, ni sentía remordimientos. No sentía nada mas que esa extraña comodidad.

— No tengo heridas —dijo mirándose los brazos—, no me duele nada  — agregó tocándose la cara.

— No, esas cosas pasan en vida. ¿Por qué debería dolerte ahora? 

— No sé. Pensé que tal vez… Bueno, no sé. 

Otra vez se quedaron en silencio, un silencio que no era para nada incómodo. La Muerte seguía completamente en calma y con su expresión amable, esperando que el fallecido interactúe con el, esperando responder sus preguntas.

— ¿Cómo puedo hacer para ver que pasa entre los vivos? Para ver el mundo real.

— Eso es imposible, no se puede saber que pasa más allá. Una vez muerto, uno se desprende completamente de la vida propia y de las demás entidades vivas. Y en todo caso, este es el mundo real también.

Seguido a cada respuesta, el fallecido se quedaba un buen rato en silencio, contemplando y reflexionando sobre lo que escuchaba. Pensó en que desde aquel momento no vería a nadie más, pero otra vez no se sintió incómodo con eso. Estaba increíblemente a gusto, como si no le faltara nada, a pesar de la soledad que le deparaba aquel lugar.

— ¿Cuánto tiempo voy a estar en este lugar?  — preguntó aún sabiendo la respuesta.

La Muerte asintió con la cabeza.

Otra vez se quedaron en silencio.

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